Ausencias de la China pensante

Por Manuel Pavón Belizón

 

China no solo fabrica y consume: también piensa. Sin embargo, esta China pensante permanece como una laguna en nuestra visión general sobre ese espacio humano, oculta por el ruido de fondo de esquemas repetitivos: el ritmo trepidante de sus cifras macroeconómicas, la grisalla y el monolitismo oficialista, la alteridad del «otro polo de la experiencia humana», el esteticismo vacío… Entre estos esquemas tan simplistas como contradictorios, entre esas imágenes de arrastrado atavismo o compulsiva huida hacia delante, parece que en China no hubiera lugar para la reflexión. Y sin embargo, la hay, aunque los medios no nos lo cuenten.

Durante la presentación de China Traducida en Valencia en noviembre pasado, nuestra compañera Tyra Díez expresaba la paradoja que domina la demanda de información sobre China en nuestro idioma: en su aproximación a la narrativa china, las editoriales buscan publicar sobre todo obras de ficción con lecturas políticas, censuradas, escritas por disidentes… Sin embargo, a pesar de estar constantemente obsesionadas por buscar los intríngulis políticos de la ficción, las editoriales en español han mostrado un interés casi nulo por el género ensayístico, en el que podrían hallar precisamente esos mensajes políticos que tanto les obsesionan expuestos de forma directa, clara y radical, sin las veladuras de la alusión ni la metáfora propias de la literatura de ficción.

Este desinterés es tanto más flagrante cuando, al mismo tiempo que infligen sobre nosotros ese catálogo de clichés, los medios no paran de contarnos, entre la fascinación embobada y el agorerismo, que China está llamada a ser la nueva gran potencia, la transformadora del futuro o hasta la dominadora del mundo. A la luz de esas profecías, podríamos pensar que mucho de lo que hoy se dice y se piensa en China tiene visos de convertirse en la génesis de nuevas e influyentes formas de comprender la realidad –no la «suya», sino también la «nuestra».

A menudo se ha acusado a los intelectuales y académicos chinos de ser reacios a tomar parte en debates sobre cuestiones de orden global y de estar obsesionados únicamente por lo que ocurre dentro del país. Este veredicto pudo ser cierto en algunos momentos y en el caso de algunos autores. Sin embargo, acusar de ello a la totalidad del mundo intelectual y académico de la China actual es completamente incongruente, basta con que atendamos a razones demográficas y numéricas.

China no es un planeta lejano. Uno de los clichés que, sobre su desarrollo socio-económico más se han repetido en los últimos años es que el país ha tardado solo 30 años en conseguir el desarrollo económico de mercado que a Europa le costó más de un siglo forjar. Y de la misma manera, los chinos han mostrado igual precocidad en descubrir el lado menos resplandeciente de ese modelo económico: la creciente desigualdad social, el descontento social, el deterioro medioambiental, la mercantilización de todos los aspectos de la realidad, la creciente concentración del poder en un decreciente número de manos… Difícilmente podríamos afirmar que estas problemáticas son excepcionales, únicas y exclusivas del espacio político que venimos en llamar «China».

Pues bien, los autores chinos se ocupan también de estas cuestiones de relevancia universal. Incluso en aquellos casos en los que su atención parece gravitar en torno a realidades «chinas», basta con rascar un poco la superficie para hallar ideas de trascendencia más amplia. Los escritos de los intelectuales chinos suelen estar generosamente regados de referencias a sus homólogos de otras latitudes y a los debates a escala global. Las suyas son voces y visiones que a veces resultan difícilmente encajables en la manida dicotomía en la que solemos encasillar a los autores chinos, sea el oficialismo unipartidista, sea la democracia liberal de mercado. Muchos autores chinos superan esta dicotomía de dudosas posibilidades para ofrecer aproximaciones diferentes y cargadas de potencial.

Pero, como decíamos, en el mundo euro-americano apenas tenemos constancia de ellos ni sus ideas. En el ámbito hispanohablante, el pensamiento chino contemporáneo es un total desconocido. En América Latina la influencia china ha crecido exponencialmente en los últimos años, pero esto no se ha traducido en una expansión destacable del interés por China más allá de los análisis económicos.

Lo que podemos encontrar de pensamiento chino contemporáneo en español es poco y muy disperso: los lectores hispanohablantes pudieron tener un primer acercamiento sintético al estado del pensamiento en la China actual con ¿Qué piensa China? (Icaria, 2008), la traducción española de What Does China Think?, de Mark Leonard, miembro del European Council for Foreign Affairs y que ofrece una visión general de conjunto, identificando algunas de las principales corrientes y autores. No obstante, es Leonard quien nos habla en esta obra y las voces de los autores chinos nos llegan a través de su análisis. Este volumen se ha visto completado más recientemente con una segunda parte, China 3.0 (ECFR, 2012), que pretende llevar hacia delante la estela del anterior y en el que –ahora sí- podemos leer directamente a los autores chinos, aunque por el momento esta obra está únicamente disponible en versión inglesa.

Otra aproximación similar es El milagro chino visto desde el interior (Popular, 2006), traducción castellana indirecta desde una compilación francesa de artículos de algunos de los académicos chinos más destacados, como Wen Tiejun, Huang Ping, Wang Hui, Chen Xin o Dai Jinhua, adscritos con frecuencia a esa entelequia nebulosa llamada «nueva izquierda».

La editorial académica barcelonesa Bellaterra es una de las pocas que ha intentado de forma más consistente paliar este hueco con una colección centrada en la China actual. En esta colección concurren autores chinos o de origen chino con sinólogos y expertos en Estudios Chinos de otros países. Aun así, son los segundos quienes se llevan la palma en el catálogo de la colección y, de hecho, solo un título corresponde a un académico en activo en la China continental (Wang Hui), mientras que el resto se reparte entre académicos extranjeros o de origen chino vinculados a instituciones extranjeras.

No se trata de alimentar el fatigoso y exasperante mantra de que solo los chinos son capaces de comprender y explicar China; pero resulta innegable que, por otra parte, nuestro conocimiento sobre lo que pasa en el país se vería muy enriquecido si también pudiéramos tener acceso en nuestro idioma a lo que escriben allá mismo. El equilibrio entre ambas fuentes sería deseable, pero a día de hoy los segundos siguen siendo una enorme ausencia dentro de la bibliografía en español. Además, hay que tener en cuenta que son los académicos e intelectuales que trabajan en las instituciones chinas los que más directamente pueden influir en lo que se hace dentro del país, especialmente en una época en la que buena parte de la academia china parecen estar concentrada en buscarle una genealogía propiamente «china» a todo.

Obviamente, la traducción de estas obras plantea retos a la hora de explicar y contextualizar algunos aspectos; es aquí donde recae el grueso de la labor de los traductores: transmitir la relevancia global de esos escritos para que el público general en sus países no siga considerándolos como meras cuestiones locales.

(Publicado originalmente en RCT, nº1)

 

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