Pekín baylón

por Tyra Díez

Por arriba, ojos al cielo, una estampa desordenada y terrible, monstruosa, edificios sinosoviets mezclados con pagodas y tejadillos y edificios donnadies propios de la modernidad sin nombre, modernidad del soldado anónimo y del centro comercial. Ahora nos inundan grandes imágenes olímpicas, con Koolhaas, Herzogs y Fosteres despuntando aire y techo; nidos y cubos y pantallas de plasma con sus cantares nuevos de ese viejo adagio que quiere “esencia china” pero “técnica occidental”, que asombran y son bellos cual pirámide egipcia o gran muralla, pero que también como ellas asustan invadiendo con su grandeza todo lo pequeño, todo lo tocable y amable, monumento y espectáculo que habla de vanguardia y de la postmodernidad pudiente, sí, pero que esconden éxodos y anuncian un mundo para el otro, un mundo para aquel que expande su ciudad para sí hacia arriba y hasta el más allá diseminando campos de golfos y villas autómatas, falsas villas griegas, falsas mediterráneas, falsas chinas también, pero tan reales y tan de nuestro tiempo, este tiempo nuestro que milagrea y hace de los todos, uno. 

Por abajo, pies en la tierra, apenas despunta el día en Pekín, carros y carretas inundan con su ruido torpe y descompasado aceras y autopistas, calles y callejas. Coches, taxis, motos viejas y muy viejas, mercedes y yundais y a su lado, modestos pero no en número, los canjiche, cochecillos de discapacitados que conducen buscavidas urbanos sin licencia y con arte, tuneados según gustos, que tientan al transeúnte para un trayecto más rápido entre los resquicios de su tráfico imposible: se cuelan entre esquinas y cambian sentidos donde los demás, por grandes, por pesados, no pueden; donde los otros, por visibles, son incapacitados. El canjiche, signo y símbolo del Pekín que adoro: imperfecto, simpático, que prefiere la trampa a la ley, la alegría desordenada a la seriedad sistémica, moviéndose con gracia entre el caos que es su agua más querida, la que fluye y no empapa, la que invita y no obliga, etc etc. Tiene el carácter de los vecinos de mi barrio, el barrio abolengo de Pekín, donde las torres de la campana y el tambor recuerdan disciplinas antiguas aún salvadas, aún queridas: el buen comer y el dormir donde plazca, escuchar el canto de éste pájaro y de aquél, admirar un árbol por longevo o por desgarbado, mezclar ese rojo con ese gris y no con otro, hacer un poco de ejercicio, pero un poco no más, en los aparatejos y columpios que disfrutan viejos y niños por igual. Alegrarse, en fin, por las pequeñas cosas, por el canto histriónico y conmovedor de su ópera, por una niebla fina de humedad translúcida, por el paisaje interior de uno.

Libertad de hacer y uso del espacio, aquí en Pekín el espacio sigue siendo de la gente,sigue siendo, en contra de decretos sanitarios y postguerrillas frías, público: la libertad desenfada de cualquier puesto familiar a la puerta del siheyuan o de la obra infinita y que invita a un piscolabis a la sombra del tejo o de los cien mil cables enmarañados del poste eléctrico. Cerveza y pincho de exquisitez callejera por ocho yuanes. Una buena película, por siete. Un buen libro, bien fotocopiado y con tapas de colores, por menos y en menos de lo que canta un gallo. Disponer de lo simple y arreglar cualquier cosa con lo puesto y copiar, pero crear con la copia, en eso los pekineses son maestros.

Y es que los pekineses, a pesar de haber sido contagiados por fiebres mortales de consumo y de regocijarse muy mucho de los centros comerciales que violentan indiferentes por toda ciudad, a pesar del deseo y del ser poder y potencia, aún guardan en su memoria ese humor que es don de las sabidurías más ciertas y profundas, uno adquirido no a base de zen ni de fengshui, recetas del vacío u otras cosas librescas de articulillo de viaje, sino ese que entiende la vida cual regalo y sin misterios, salvo ese gran misterio que es aprender a estar vivo y a reírse de ello. Es la risa del rey mono, del buda obeso, del general borracho, el humor del ailanto que se carcajea de la utilidad de la madera muerta del cerezo. Ikea está bien, pero está mucho mejor para ir a jugar unas cartas o a echarse una siesta y darle un poco de vida a una mesa o a un sillón de otro modo desalmados. Sabe más el diablo por viejo…

Y sí, amo en las fotos de Baylón lo mismo que amo en las calles de Pekín, ese mismo cara a cara y cuerpo a cuerpo, interrelación y no caza, comunicación y no robo. Imágenes que no son limpias ni netas, y que nos descubren a unos en los otros. Que nos revelan la carne y sus vicios, su alegría y desesperación, visible todo y material hasta lo intocable: belleza, soledad, amor, miseria y ese humor cariñoso de perro viejo que ciudad y fotógrafo nos muestran como el respeto más serio. Que milagrean también y permiten que, aún, uno y uno sigan siendo dos.

 

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