Bio-esferas

por Chi Ta-wei 紀大偉

Traducción de Alberto Poza Poyatos

La gran migración era el recuerdo más doloroso para la generación del profesor. Aquel año, cuando el sol perforó la capa de ozono y los rayos ultravioleta abrasaron la superficie terrestre, miles de millones de ciudadanos huyeron hacia el mar, pero solo unos pocos afortunados consiguieron escapar y asentarse en su fondo. Las colonias subacuáticas que fundaron estos migrantes se extendieron interconectadas como una red de metro submarina. Quién iba a imaginar que, aisladas como estaban de la superficie, cada pandemia las convertiría en un paraíso para los virus.

Pertenezco a una generación nacida bajo el mar para la que regresar a la superficie significa mantener con vida la chispa de lo humano. Tanto es así que nuestro proyecto colonizador ya despunta en la superficie terrestre, esta vez no como una red interconectada, sino en forma de bio-esferas aisladas —habíamos aprendido a no poner todos los huevos en la misma cesta. Ahora, si un virus atacase una de las bio-esferas terrestres, el resto, separadas por una distancia de seguridad, sobrevivirían.

Conseguí hacerme con uno de los exclusivos billetes para el arca a la superficie y subí abordo junto a mi aprendiz, Taotao. Lamentablemente, la mujer del profesor no había superado la revisión médica, perdiendo así su derecho a viajar. Aunque el profesor sí había superado el chequeo, eligió permanecer con ella en el fondo marino.

En los momentos previos a zarpar, Taotao se había mostrado visiblemente afectado. Insistió en compartir el destino del profesor: si no podían marchar juntos en el arca, permanecerían juntos bajo el mar. Hacía tiempo que la estrecha relación entre el profesor y mi aprendiz Taotao me despertaba suspicacias, pero no tenía pruebas. Pese a que Taotao y yo teníamos una relación de mutua dependencia, él no compartía sus intimidades conmigo.

Marchad vosotros —había dicho el maestro con fingida simpleza, como si el arca fuera un ascensor que pudiera tomar en cualquier otro momento para unirse a nosotros.

Consideraba a su mujer un repositorio de memoria del que no podía separarse. Ella había dedicado toda su vida al servicio de la biblioteca submarina y era, sin lugar a dudas, la custodia de la memoria de la humanidad. Aunque la mujer había nacido en Japón, su repositorio almacenaba gran cantidad de información histórica de Taiwán, y gracias a aquellos archivos, el laboratorio recabó los indicios que permitirían recuperar las tradiciones de la isla. Es por esto que, en el inicio del proyecto para ascender a la superficie, el laboratorio priorizó comenzar por Taipéi.

Acompañé a Taotao hasta la superficie, pero en cuanto alcanzamos la bio-esfera de Taipéi, su espíritu heroico languideció.

¿Por qué me eligieron a mí para subir a tierra? —se preguntaba.

Taotao, ¿quieres hablar? Si hay algo que te preocupa, es mejor que no te lo guardes para ti.

No —respondió apartándome. ¿No te parece suficiente espiarme todo el día? Me gustaría mantener algo de privacidad.

En el laboratorio trabaja mucho personal, y Taotao no destaca ni por su antigüedad ni por su inteligencia. Es cierto que hace honor a su nombre, que significa «tromba», siendo el nadador más veloz; Taotao cabalga las olas como nadie. Quizá le habían elegido para subir a tierra por su capacidad física, valorando que le esto le ayudaría a soportar la presión física y mental del viaje.

Precisamente por su agraciada figura, a Taotao no le habían faltado oportunidades para el escarceo en el laboratorio, y contaba con un largo historial de corazones rotos.

Como todos los días desde que llegamos a la superficie, me dispongo a acompañar a Taotao a bordo el metro ligero hacia el monte Yangming. Este monte, que hacía no demasiado tiempo era un terreno yermo, hoy es un lugar de exuberante frondosidad. Como siempre que subimos, Taotao lleva cara de preocupación, algo que yo no comprendo. El boletín que diariamente me mandan desde el laboratorio me recuerda que nuestra misión es aunar los conocimientos de biología del profesor con el repositorio memorístico de su mujer, esta es nuestra única esperanza de conseguir recuperar cada centímetro de Taipéi.

Habíamos desempolvado una y otra vez los hologramas que la mujer del profesor había conservado. Introducíamos los comandos, y las imágenes apresadas en ellos cobraban vida, como el genio de la lámpara de Aladdín, pero en mayor número: había pájaros, animales, insectos, peces, flores y árboles, personas mayores, enfermas, mujeres y niños, todos flotando en círculos en el aire. El espectáculo era tal que Taotao y yo nos teníamos que retirar a zonas poco concurridas de la montaña para sacarlos, como si de un rito religioso se tratase. El laboratorio priorizaba la recuperación de la flora y la fauna así que, solo teníamos que contrastar los animales y plantas espectrales que levitaban sobre nosotros con el sustrato biológico de la montaña. La interferencia de los espectros humanos del pasado nos molestaba así que, los capturábamos e incrustábamos de nuevo en el holograma.

Igual que la biosfera de Nagasaki, la de Taipéi no era más que una carcasa hueca a la espera de que las distintas remesas de colonos la colmasen de lugares de interés turístico. Taipéi tenía cientos de estos lugares que merecían ser recuperados, pero por algún motivo los colonos habían priorizado el monte Yangming. Quizá porque, una vez recuperadas las granjas y los pastos, este lugar tenía el potencial de producir alimento para los colonos, que esperaban deseosos mientras los trabajos de ingeniería se completaban a gran velocidad, como por arte de magia. Cuando circuló entre los colonos el mensaje de que en lo alto de las montañas ya se habían plantado verduras, que pastaban las vacas, y que incluso se había instalado un jardín de azaleas, todos se agolparon para subir. La administración de la bio-esfera tuvo que recurrir de nuevo a la magia de la ingeniería para construir, a la máxima brevedad, un metro ligero que diera servicio a estas oleadas de visitantes.

El parte diario que manda el laboratorio me recuerda que tanto el aspecto natural como el cultural del monte Yangming merecen atención: «Una montaña no es un pedazo de tierra, no solo es hogar de animales y plantas, también es lugar de recreo para los humanos, un vehículo para su humanidad.»

En esta ocasión, el motivo que nos lleva a subir al monte Yangming es el de estudiar la actividad del balneario, su aspecto humano. Ya en el tren ligero me percato de que hay una gran variedad racial, de sexo, y edad en el pasaje, aunque todos exudan un mismo aire de yuppie nuevo rico. Se sonríen y asienten, como si ya se conocieran. A mi lado, Taotao lleva una cara tan larga que me hace sentir en la obligación de mostrarme de buen humor para compensar. Esto no me molesta, al fin y al cabo tengo que practicar mi actitud afable. A mi izquierda hay una pareja de mujeres, parecen hermanas o amigas íntimas, pero en realidad son un par de amantes empleadas por la compañía manufacturera de Semiconductores de Taiwán. Van a al templo del Pabellón Dorado, un balneario de aguas termales femenino; que no es más que una enorme piscina pública para mujeres.

Todos van charlando, pero nadie abre la boca: utilizan unos cascos bluetooth inalámbricos y llevan una membrana a modo de profiláctico sobre los labios. Abrir la boca implica romper esa membrana.

Las mujeres le preguntan a Taotao a dónde va y él se encoge de hombros. Todos vamos al mismo sitio —me he apresurado a interrumpir— a Yuanmingyuan, el balneario del monte Yangming.

La pareja de hombres con bigote que va a nuestra izquierda se nos acerca, también van a Yuanmingyuan, sus piscinas masculinas son de un estilo barroco muy majestuoso. Visten unos polos con los que se les marcan los músculos.

Cuando me preguntan qué relación tengo con el joven Taotao, si somos hermanos o pareja, me quedo sin palabras durante un instante y me percato de que el resto del pasaje parece ir en pareja. También estos dos hombres tienen aspecto de matrimonio bien avenido. Naturalmente, creen que Taotao y yo también lo somos.

Respondo que somos compañeros de trabajo.

—Qué retro.

Taotao no dice nada, pero mantiene la vista fija en ellos.

Estamos apuntados al mismo club —continuo buscando en mi mente una excusa creíble.

Al club de natación —apunta Taotao.

Nosotros al de alpinismo —dice uno de los hombres entre risas—, hemos venido a hacernos con el monte Yangming.

Al llegar al pie de la montaña, el tren ligero escupe a los pasajeros, que salen como un banco de peces. Las bio-esferas están dispuestas en círculos, como las cúpulas de los observatorios astronómicos, con un balneario en cada una. El templo del Pabellón Dorado es brillante y Yuanmingyuan redondeado como una perla. Hay bio-esferas de todos los tamaños, tan grandes como la ciudad de Taipéi y tan pequeñas como el propio balneario, pero al margen del tamaño, todas son prototipos de la Tierra. Nuestra Tierra, ya abrasada, había sido el modelo a imitar en la construcción de las bio-esferas.

La pareja de hombres musculados se encamina a Yuanmingyuan con nosotros en la retaguardia, sin atrevernos a acercarnos demasiado.

De acuerdo con el boletín diario del laboratorio, los balnearios de las bio-esferas podían entenderse como una sección en un huevo hervido. La mitad superior de la esfera seccionada sería la cúpula de la bio-esfera. La capa inferior sería el subsuelo, lo que queda enterrado. En el laboratorio se utilizaban conceptos del antiguo marxismo para explicarlo: la mitad superior de la esfera era la superestructura, y estaba a cargo de la cultura; la mitad inferior de la esfera era la subestructura, y estaba en control del aspecto económico. En esta mitad inferior, los bañistas pagaban para entrar en las instalaciones y los empleados trabajaban para ganar dinero. Al alargar la vista, podían vislumbrar un cielo cargado de nubes blancas, colgando en lo alto de la cúpula.

Taotao y yo nos encaminamos al interior de Yuanmingyuan a través de la entrada subterránea. Cumpliendo con la normativa en prevención de epidemias nos tomamos la temperatura en la entrada y nos desinfectamos las manos. Nos desnudamos en los vestuarios y nos duchamos antes de subir a la zona de baño, que es circular como la esfera de un reloj. Los marcadores de las horas están vigilados por estatuas de bronce con forma de animales. Doce horas, doce animales del zodiaco. Las fauces de un dragón expulsan el agua caliente a las piscinas, la fría mana del hocico de una oveja, la de un perro guarda la sauna de vapor, y la de un toro vigila la sauna seca de madera de ciprés.

En cuanto los dos hombres con bigote se han desnudado, se nos han acercado atravesando el vapor con sus espaldas anchas, como de oso, al descubierto.

Perdonad, no nos hemos presentado —el de mayor porte resulta imponente, como un oso negro de Taiwán.

Yo soy un siete de caracteres y él es un ocho—nos explica el más delgado— Él tiene más pecho, barriga, y mucho más cuerpo que yo, así que es diez mil más.

Entiendo —responde Taotao con una sonrisa desconcertada. Me afano en buscar en mi repositorio mental: «siete de caracteres», «ocho», «diez mil más». Los «caracteres» son uno de los palos del Mahjong y sus fichas aumentan de diez mil en diez mil, pero, ¿a qué vienen ahora las fichas del Mahjong?

Tenéis cuerpo de buenos nadadores —dice Ocho apuntando su dedo índice, primero sobre Taotao y después sobre mí—. A ver si vais a ser un cien de caracteres, no me sorprendería que tuvierais muchos seguidores.

Esto hace que se me ilumine la bombilla: Utilizan las fichas del Mahjong para referirse al número de seguidores que tienen en redes sociales. Uno tiene setenta mil, que equivale a «siete de caracteres» en el Mahjong, y el otro, ochenta mil seguidores, que equivale a «ocho de caracteres.»

Yo no tengo seguidores —dice Taotao— ni siquiera tengo redes.
Era cierto, el laboratorio nos exigía mantener un perfil bajo, no podíamos llamar la atención en redes. A Ocho le pareció que Taotao estaba siendo modesto: «seguro que tienes quien te siga».

¿Quien me siga? ¿Están jugando con dobles sentidos? —Los dos hombres nos miran fijamente sin preocuparse por resultar maleducados.

Bajo el mar, el laboratorio me había asegurado que incluso desnudo, no debería preocuparme porque otros me mirasen. Mi cuerpo tenía todo lo que un cuerpo de hombre ha de tener, ni un pedazo más, ni un pedazo menos de carne.

Al llegar a la superficie había descubierto que, entre los colonos submarinos que habían escapado a la superficie, había a quienes les sobraba o faltaba algo en el cuerpo. Era común ver extremidades que no estaban o rostros con forma extraña. El principal motivo por el que a los inmigrantes les gustaba tanto subir al monte Yangming era precisamente los efectos terapéuticos de las piscinas que allí se encontraban.

Taotao y yo parecíamos ser la excepción, nuestros cuerpos estaban intactos, completos. Allí plantados hombro con hombro parecíamos una par de atletas de un equipo de natación, y por qué no, también una pareja de amantes. Comparados con los cuerpos marcados de heridas de los inmigrantes, nuestro aspecto saludable llamaba la atención. Esto no era mantener un perfil bajo, ¿no estaríamos contrariando las normas del laboratorio?

Ocho y Siete se nos adelantan. Ocho recorre las piscinas calientes y frías completando el circuito en el sentido de las agujas del reloj; primero la del dragón, luego la de la oveja, después la del perro, y por último la de la vaca. Siete no se ha metido con él, permanece sentado en posición de loto sobre el suelo de piedra. Según los recuerdos de la mujer del profesor, en su día, el balneario del monte Yangming ofrecía a los hombres un lugar en el que reunirse y bañarse desnudos. Naturalmente, se convirtió en lugar predilecto para los hombres homosexuales, que alargaban las horas en ellos. Por el rabillo del ojo descubro que bajo el grifo de las cabezas de toro y de caballo se reúnen grupos reducidos de bañistas que se dan coba de un modo ambiguo.

Aunque la mujer del profesor nunca tuvo ningún interés en el cuerpo masculino, se había afanado en recopilar etnografías de la vida nocturna de los hombres homosexuales y atesoraba sus anécdotas. En una ocasión, una de nuestras compañeras más jóvenes del laboratorio le había preguntado en privado el motivo de su interés por la vida privada de los homosexuales. Ella respondió que le atraía el carácter egocéntrico de estos hombres.

Perder amistades a cambio de sexo, robarse amantes. Este es el pan de cada día en la cultura homosexual —respondió la mujer divertida— su egolatría les hace especialmente aptos para la continuación de la civilización humana.

En cumplimiento de las normas del balneario, y aunque no me estaba bañando, permanezco desnudo mientras estoy sentado en el centro del reloj. Aún te da tiempo a un baño de diez minutos —aviso, a través de bluetooth y con tono amable, a Taotao, que descansa sentado en la circunferencia. Conozco mejor que él mismo su estado de salud. A juzgar por su temperatura corporal, ritmo cardíaco, y presión arterial, aún puede permanecer a remojo en el agua caliente unos minutos más. Taotao desconoce que el laboratorio me ha pedido que registre también sus niveles de libido. Resultará decepcionante, tanto para el laboratorio como para mí, descubrir lo lánguidos que son, incluso en Yuanmingyuan, rodeado de hombres desnudos. La libido no es solo la libido —nos había recordado el profesor—, la libido es un marcador del deseo de vivir.

¿No te bañas? —ocupado como estoy comprobando los indicadores de Taotao no me he percatado de que Siete se ha sentado a mi lado.

Estamos solos en el centro de la circunferencia. Taotao y Ocho siguen en la sauna seca, bajo la cabeza de toro. Ambos asoman la cabeza por los orificios de la sauna haciendo que, desde fuera, parezca que les han puesto unas cangas como a los criminales en la antigüedad. Cumpliendo con la normativa en prevención de epidemias, los bañistas que utilizasen la sauna de vapor o la sauna seca individual debían permanecer con la cabeza fuera para prevenir contagios por vía nasal o bucal.

Siete, tú eres como yo. —Le digo sin pensar demasiado.

Efectivamente, tú y yo somos iguales. —Responde con una sonrisa.

En cuanto veo que abre la boca, en mi cabeza saltan todas las alarmas. Al abrir la boca había rasgado la membrana profiláctica, lo que infringía la normativa en prevención de epidemias. — ¿Qué va a hacerme?

Me preocupa que vaya a intentar ligar conmigo. En mi mente se dibuja una imagen: su boca contra la mía, su lengua adentrándose en mí, anudándose a mi lengua. Según la normativa, nuestras bocas debían permanecer selladas por la membrana en todo momento, incluso para beber agua o tomar una copa había que utilizar pajitas que no la perforasen. Tan solo en la intimidad podíamos rasgarla. Yo solo lo había hecho con Taotao, en su cama. Todas las noches me pedía que lo abrazase y le hiciera mimos antes de dormir. Cuando estábamos en la cama, con los brazos entrelazados, surgía el besarnos. Siete no se me abalanzó, en su lugar me pidió que le acompañase al centro de la circunferencia del reloj, bajo la sombra de un cerezo Yoshino. Él, un hombretón, y yo, una joven nereida, desnudos bajo el cielo en el centro de los baños termales. Dudo que estemos pasando desapercibidos.

Eres como yo, igual de delicado. En cuanto entras en contacto con el agua sulfurosa te averías —dice Siete cubierto por la sombra del cerezo.

Taipéi está lleno de gente como nosotros, ¿por qué te has fijado en mí? —Lxs enfermerxs, las gestoras o los asistentes de salud, como quieras llamarles, no son más que máquinas con forma humana que testean la salud. Aunque habíamos superado las habilidades de esos juguetitos hacía tiempo, seguíamos siendo como los relojes o los anillos inteligentes que se habían popularizado a finales del siglo XX, se nos utiliza para monitorizar el sistema nervioso autónomo, el ritmo cardíaco, los niveles de oxígeno en sangre y el tiempo de sueño.

Nuestras funcionalidades ahora son mayores: somos guardaespaldas de día, y almohada de noche. Estamos diseñadxs a la medida de quien nos usa, por eso es fácil confundirnos con una pareja bien avenida, y por eso, no me había sorprendido que todo el pasaje del tren ligero parecieran ser pareja.

Siete también era un gestor de salud, y Ocho era su usuario. A mí me habían diseñado porque al laboratorio le preocupaba que Taotao fuera a Taipéi solo.

Ya sé que tan solo en el monte Yangming hay muchísimxs enfermerxs, no eres un unicornio. —Interviene Siete sonriente— pero el repositorio de la señora Nishikawa sí es algo único, ¿quién continúa invocando hoy en día a los hologramas del pasado? —el nombre de la mujer del profesor ha salido de la boca de Siete, que continúa hablando —No importa la distancia, si hay sangre en el mar, los tiburones se sienten atraídos. Cada vez que mencionas los tesoros que alberga la biblioteca de «El Canario»  —Siete se da golpecitos en la sien mientras habla— los tiburones de mi cabeza se sienten atraídos.

¿Nos estás pidiendo la colección de la señora Nishikawa? —busco a Taotao con la vista. Ya no está en la sauna— Taotao jamás lo permitiría, y el laboratorio aún menos.

Creíste conocerme, recolectando y reportando datos de mi cuerpo —escucho a Taotao hablarme por la espalda— pero no me entiendes en absoluto.

Ahora mismo estaba en la sauna convenciendo a Taotao de que se uniera a nosotros —dice Ocho altivo junto a Taotao— no subestimes el encanto de unos músculos en el cuerpo de un hombre.

Taotao es un narcisista. Me lamento para mis adentros.

Nos haremos con el tesoro de la señora Nishikawa tarde o temprano, no hay prisa. —sonríe Siete— Vamos, te propondremos que te unas durante el aperitivo.

¿Que me una? —pregunto nervioso— ¿para qué?

Anda-can es el acrónimo de Un perro andaluz —explica Taotao.

Mi mente enciclopédica recupera en el acto los fotogramas de la película española Un perro andaluz. En uno de ellos, una mano secciona con destreza una esfera —Nosotros, los Anda-can, somos bandidos. Seccionamos bio-esferas para liberarlas.

Taotao ha aceptado unirse a nosotros —asevera Siete— Y ya que sois uno, y que no os podéis separar, te extendemos también a ti la invitación.

Hemos venido a la superficie a reconstruir Taipéi, no a destruirlo —recrimino a Taotao— esta gente está loca.

Abrir las bio-esferas no las destruye, las libera. —exclama Taotao en un suspiro— deja que te cuente una historia.

Hace mucho, mucho tiempo, la superficie de la Tierra sufrió un cambio de magnitudes colosales. Entre los elegidos para subir al arca y escapar al fondo del mar se encontraba una joven con miopía, pero la suerte quiso que no consiguiera más que una plaza. La joven no quería dejar en la superficie a su familia, pero su madre insistió para que se marchase al fondo marino y diese continuidad al registro de la memoria familiar. A su llegada, con la cara aun húmeda por las lágrimas, la joven se dispuso a organizar los recuerdos que traía de la superficie: un álbum tras otro, fue convirtiendo las amarillentas fotos bidimensionales en archivos; en hologramas tridimensionales. Todos sus familiares: hombres, mujeres, ancianos y niños, se habían quedado en la superficie, y ahora eran transformados en hologramas bajo el mar. Las fotos familiares tomadas en la superficie no solo retrataban paisajes y personas, también registraban las formas de vida que les acompañaban: flores, árboles, aves, bestias, insectos y peces. A ojos de la joven, la antigua superstición por la cual había quienes creían que la fotografía apresaba el alma parecía ahora fundada.

La distancia abismal entre la superficie y el fondo marino hizo que la joven miope perdiera el contacto con su familia. No supo que su familia no había desaparecido hasta mucho tiempo después, cuando ambos mundos recuperaron el contacto. La familia era asidua a los centros comerciales, a los cuales se entraba atravesando la superficie del suelo: por el parquin. Esto les indujo a concebir las profundidades de estos aparcamientos como escondrijos en los que la vida humana podría evitar el sol. Como si de una guerrilla se tratara, comenzaron a tomar párquines e instaurar en ellos sus asentamientos. Cada día, al ponerse el sol, aprovechaban la oscuridad para asomarse al exterior y recoger cadáveres secos de animales y antes de que el sol saliera de nuevo, huían con las presas a los asentamientos subterráneos, donde las usaban como fuente de proteína. Como una manada de roedores subterráneos, se reprodujeron bajo el suelo.

Antes de que el contacto con la superficie se hubiera restablecido, la joven consideró que tener una hija sería una forma válida de dar continuidad a la memoria familiar y, como no tenía el más mínimo interés en los hombres, decidió hacerlo por inseminación artificial. Dio a luz a un bebé al que llamó Momo, «murmullo» en chino, y que sería receptáculo de la memoria familiar. La relación madre-hija se deterioró de forma repentina y la joven miope, ahora madre, tomó la decisión de volver a encargarse ella misma del repositorio de hologramas. Cómo iba a saber entonces que, una vez restablecido el contacto con la superficie, volvería a ponerse en las manos de un especialista en reproducción asistida. La madre, envejecida, comprendió que volver a la superficie no era una opción para ella y pensó que lo que sí estaba en su mano era dar a luz otro bebé, un bebé sano y fuerte que pudiera sustituirla en su misión y regresar a la superficie a reestablecer el clan familiar. En esta ocasión tuvo un niño, al que llamó Taotao, un nombre con significado opuesto a murmullo: Tromba.

La madre se aseguró de que el niño crecía sano y fuerte, y de que finalmente pudiera ascender a la superficie y entrar en la bio-esfera. Así fue, y cuando el niño subió al monte artificial y sacó los hologramas de su madre, ante sus ojos aparecieron los espectros de ancianos, mujeres y niños suspendidos en el aire: se trataba de sus abuelos, de sus tías y sus primas. Hacía años que habían fallecido, sus restos estaban enterrados en tumbas cavadas en aquel monte artificial, pero al abrir Taotao los hologramas, estos se aparecían en tropel, flotando frente a él. Una multitud de espectros que le atosigaba, como hacen los familiares, interesándose por su estado de salud. Al chico se le hacía difícil de soportar así que, volvía a encerrarlos en sus láminas holográficas.

No tenía ningún interés en atender las falsas muestras de interés de estos familiares lejanos, pero descubrió que este grupo de ancianos, mujeres y niños no sólo estaban replicados en las láminas holográficas, sino que también existían en el mundo de los vivos. Resulta que, las distintas generaciones que sucedieron a mi madre viven hoy en unos dormitorios junto al cementerio, en las faldas de la colina artificial, trabajando de lo que pueden para subsistir. Estos trabajadores subterráneos son como un ejército de hormigas, al caer la noche sale pululando al exterior de los dormitorios subterráneos para construir, con gran eficiencia, granjas, pastos, jardines de flores, balnearios, e incluso trenes ligeros en la montaña. En cuanto comienza a clarear, se agazapan de nuevo en el hormiguero, sin opción alguna de atisbar siquiera a los y las inmigrantes de postín que suben a la colina. Quienes migran a estos montes desconocen la existencia de estas laboriosas hormigas, solo saben que la bio-esfera de Taipéi cuenta con una ingeniería eficiente de primer orden.

Como bien sabes, hay una superestructura y una subestructura. La unión de ambas es lo que completa una bio-esfera —me dice Taotao— tú y yo disfrutamos de los paisajes de la superestructura mientras que los descendientes de mi madre sobreviven en la subestructura.

De repente, la bóveda sobre los jardines de Yuanming se llenó de humo y saltaron todas las alarmas.

Resulta que Yuanming le teme al fuego —intervino Siete— parece ser un acto de Anda-can.

El objetivo no es destruir, sino liberar —dijo Taotao al encontrarse con mi mirada— Mamá lo entendería.