Sobre un salto de agua clara

Lisa Zi Xiang

Traducción de Alberto Poza

Capítulo 5

Empecé a coincidir con Jin Hailong en las extraescolares de violín, cuando estaba en segundo de primaria. Yo era una alumna perezosa, practicaba un rato los sábados y lo dejaba todo para el último momento, pero él no; él era muy constante y tocaba al menos media hora todos los días. Como siempre estaba entre los mejores de clase, el profesor le nombró segundo violín. A mí, como siempre estaba entre los peores, sólo me nombraba para regañarme. Mi impresión era que el motivo por el que a Jin Hailong le gustaba tanto tocar el violín era su padre, que se había gastado más de mil yuanes de la época en comprarle uno. Incluso aparcaba el taxi los sábados y convertía el acompañarle a clase y tomar apuntes en su ocupación. Hablaba a través de un bigote largo y desaliñado, con una voz grave y clara que le encantaba utilizar para entonar marchas militares. Al salir de clase, se les escuchaba avanzar cantando el famoso: «Crece a mi lado un álamo blanco, compañero en el flanco. Raíces hondas, recio el tronco. Reacio a dejar de mirar, al viento del norte…» Había quien decía que su padre había pertenecido al trigésimo octavo cuerpo de la armada, el que había sido enviado a reprimir el movimiento estudiantil del 4 de junio, pero que como estuvo con diarrea dos días y tres noches y en la calle Chang’an no era fácil encontrar un baño, no había tenido más remedio que quedarse en la retaguardia. Decían que gracias a eso se había librado de mancharse las manos de sangre, pero estas son las historias que cuentan los niños, yo desconozco si es verdad, si es mentira, o qué hay de verdadero y qué de falso. Lo que sí sé es que, de ser cierto, esa diarrea fue un regalo del cielo, y si fue fingida, una muestra de su lucidez.

Jin Hailong y Cui Jinzhi vivían en el mismo barrio de casas bajas, no eran casas de estilo tradicional, con sus cuatro naves en torno a un patio, ni tampoco eran el desbarajuste en el que se convertían estas construcciones cuando se les hacían añadidos a posteriori; era un barrio de casas bajas de las que se habían construido en los ochenta para las familias trabajadoras. A los treinta metros cuadrados de la estancia norte se le sumaban diez metros cuadrados de estancia al oeste y un pequeño jardín, y en estos cuarenta metros cuadrados podía vivir una familia de tres miembros, o tres generaciones juntas bien apretadas. Este barrio estaba al norte del de los pisos, y los alumnos que vivían en él tenían que salir de casa diez minutos antes para no llegar tarde al colegio.

De la boca de Jin Hailong siempre estaban saliendo zalamerías hacia su abuela y su padre, pero ni una palabra sobre su madre. Nadie preguntaba por miedo a tocar un asunto delicado. Jin Hailong solía ir con el uniforme desarreglado, con las mangas manchadas de grasa, y en invierno, con los calcetines y el rojo del pantalón interior asomando por debajo de un chándal que se le había quedado pequeño; parecía no tener quien le ayudase a cuidar de estos detalles. Era el más alto de clase, el delegado de educación física, el que sacaba buenas notas y al que le gustaba cantar «beat it, beat it, no one want to be defeated…»

Una vez, en un descanso entre clases, Qiu Yang le engatusó para que demostrase que sabía hacer el Moonwalk de Michael Jackson. «¡Claro que sé!», respondió Jin Hailong arrancándose a bailar. Se esmeró en hacer una demostración de cada paso del baile, y justo cuando hacía el de la mano en la entrepierna, apareció la tutora a ponerles los deberes para esa noche. «Jin Hailong, ¿se puede saber qué narices estás haciendo?», le espetó en cuanto le vio contoneando las caderas con una mano en la entrepierna y cantando lo que entendió como una bravuconada: «eat it, eat it

«Bailar», balbuceó Jin Hailong inmóvil, con la mano izquierda aún en la entrepierna.

«¿Bailar?, ¿bailar el qué?, a bailar a casa, la clase no está para bailecitos.»

El resto de compañeros, con la cabeza gacha y la boca escondida tras la mano, se rieron de las consecuencias de sus fechorías. A Jin Hailong el efecto de la reprimenda no le duró más de cinco minutos, y en seguida volvió a tararear animado «beat it, beat it…» Después de haberle visto hacer el Moonwalk, Qiu Yang y el resto le bautizaron con el nombre de Maestro Kung-Fu-Sion, porque aunque lo cierto era que bailaba bastante bien, no consiguió hacer entender a la tutora que aquello no era una ordinariez.

Eran muchos los alumnos que sabían cantar y bailar, porque en aquel entonces estaba vigente una recién implantada directiva que concedía tres puntos más en los exámenes parciales a todos los alumnos que tuvieran destrezas destacables. Unas letras plateadas colocadas fuera del aulario recordaban la cita con la que el camarada Deng Xiaoping había obsequiado a la escuela: «La educación ha de servir para mirar de frente a la modernidad, al mundo y al futuro.» Las élites culturales de las distintas compañías de artes del ejército, quizá animadas por el vigor de las palabras de Deng, venían a nuestra escuela a buscar reclutas. La lógica que les movía era clara: si el violín era un instrumento occidental y aquí se enseñaba a tocarlo, ¿no seríamos aquí modernos?, ¿no estaríamos mirando de frente al mundo y al futuro? Nuestra clase de violín terminó por reunir a los hijos de todas las familias con aspiraciones de Chengguan, que confiaban en poder convertirse en miembros de la nueva generación, para la que Deng Xiaoping exigía cuatro cualidades: fidelidad a los ideales, comportamiento moral, educación, y disciplina. Que quisieran una buena educación para sus hijos no significaba que esas familias también fueran educadas, entre ellas no sólo había quien andaba corto en lo moral, sino también quien ya había cruzado los límites de lo legal.

En clase de violín había una chica de la Escuela de Primaria I del distrito F, se llamaba Zhang Yunliu. Era alta y muy delgada, no le sobraba un centímetro de pellejo en los brazos. En estas tierras, a este tipo de personas se les dice que parecen el forro de un junco, y en su caso no era una exageración. Se había dejado el pelo más largo de lo que permitían las normas del colegio, hablaba poco, y cuando lo hacía, la voz le salía ronca y acelerada. Compensaba esta falta de elegancia con una piel blanca como la clara de un huevo hervido. Si permanecía callada sujetando el violín parecía sacada de un cuadro: tranquila, elegante, sencilla; pero era abrir la boca y esta imagen se desmoronaba. Hablaba con impaciencia, sin andarse por las ramas, y no se molestaba en adornar su discurso para sonar refinada. Sus dedos eran esbeltos y alargados, parecían diseñados para el violín. Cuando tocaba, quedaba absorta por la música, su postura se armonizaba y su porte alcanzaba una belleza canónica: con la cabeza reclinada y el violín sostenido en la mano izquierda dibujando un ángulo de noventa grados con el cuerpo; al mover el arco, su cuerpo oscilaba al compás, como un naranjo mecido por la brisa. El profesor alababa constantemente su sensibilidad y delicadeza, hasta el punto que decidió nombrarla primer violín.

En los descansos de clase venía un chico, un tal Zhao Baohe, a molestar a Zhang Yunliu. En cuanto se acercaba, ella le apartaba con insultos, a menudo mentando a su madre. Una vez se pegaron en el pasillo y Zhao Baohe, que tuvo que salir corriendo, se llevó un ojo morado. Aunque nadie sabía de dónde demonios había salido esta niña tan fuera de lo común, en seguida surgieron rumores. Alguien contó que era la hija de una especie de maleante venido de Beiguan al que habían visto varias noches acosando a las chicas en los baños públicos. La fuente de estas informaciones era el propio Zhao Baohe, que pretendía, a cuenta de las tropelías del padre de Zhang Yunliu, excusar su acoso. Según él mismo decía, el padre habría estado en comisaría e incluso habría ido a dar con los huesos en el calabozo en más de una ocasión. Justificaba su cruzada contra la joven diciendo que lo hacía «en nombre del cielo», aunque todos pensábamos que estos rumores que extendía no eran más que invenciones suyas para vengarse de ella por haberle pegado. Resultaba impensable que alguien como Zhang Yunliu, que tocaba tan bien el violín,  fuera la hija de un maleante. Aunque por otra parte, es una estupidez pensar que el cómo sea tu familia tiene algo que ver con cómo eres tú.

Un sábado, Zhang Yunliu vino a clase con su padre. Era un hombre bajito y corpulento, con la piel grasa y brillante, parecía un burro. Tenía una mirada ruin y la frotaba por el cuerpo y el pecho de las niñas como queriendo desgastarlas. Su hija le sacaba una cabeza, ella medía 162cm y él unos 156cm. Era mi primera vez viendo un maleante tan de cerca, así que le inspeccioné con atención. Diez años después volvería a cruzármelo. En esta ocasión, yo había salido con mi madre al centro comercial para hacer los recados de cara a las fiestas de Año Nuevo cuando de repente, noté que algo me rozaba el culo dos veces aprovechando el gentío. Me giré desafiante y lancé un codazo, quedé estupefacta al reconocerle. Le miré fijamente y me devolvió la mirada, altanero, estaba seguro de que yo no diría nada. Se marchó con la cabeza bien alta, abriéndose paso entre la marea de gente, como una boya alejándose en un mar de nucas. Mi madre, que no se había percatado, se molestó porque me había quedado rezagada y tiró de mí para que avanzase. Seguimos caminando, pero después de cinco minutos sentí que me faltaban las fuerzas y la saqué fuera del centro comercial. Me preguntó el motivo, pero no le quise responder. Era una calle muy concurrida y me daba vergüenza contárselo con tanta gente delante. Entiendo que esto la enfadase, sólo habíamos entrado a un par de tiendas y todavía no habíamos comprado nada. En el taxi de vuelta a casa volvió a preguntarme por qué había querido marcharme a casa con tanta prisa, pero yo no estaba por la labor de discutirlo con el taxista de por medio, solo respondí que se lo diría al llegar a casa, que ahora no quería. Le pudo la impaciencia y se desahogó allí mismo con aquel desconocido. «¿Usted se cree?, tan mayor y así de egoísta, es una mimada, se lo tengo dicho a su padre que la tiene mal acostumbrada. ¿Cómo puede ser esto?, ni cinco minutos fuera y ya hay que volverse a casa.» Yo miraba por la ventana en silencio. Tenía razón, me faltaba arrojo, al girarme y reconocer el gesto intimidante de aquel hombre me había quedado de piedra, en silencio.

En cuanto entró a casa, sin haberse quitado siquiera los zapatos, empezó a proferir gritos hacia mi padre: «¡Mira lo que has conseguido!, ha sido atravesar la puerta del centro comercial y ya quería volverse a casa, ¡ni que nos hubiéramos ido al quinto pino!, bueno pues aun así ha habido que volver en taxi.» No pude contenerme: «¡Déjame hablar!, ¡alguien me tocó el culo en el centro comercial!» Terminé la frase con lágrimas resbalando por la cara. Mi madre estaba desconcertada, la expresión de su cara más enigmática que la de La Mona Lisa. «¿Que alguien te ha tocado el culo? ¡¿Que alguien le ha tocado el culo?!… el culo, alguien le ha tocado,… tu culo.» Pasó más de medio día sin que pudiera terminar una frase. Me escudriñaba de pies a cabeza, me miraba como si no fuera su hija, como si fuera la primera vez que me veía, y lo hacía con los ojos de una mujer adulta que tiene delante a otra mujer adulta, estaba conociéndome de nuevo. Me acaricié el pelo, quizá no debería haberlo llevado suelto. Tenía puestos el abrigo, unos pantalones y unas zapatillas de deporte, todo el cuerpo estaba cubierto y llevaba cara lavada, sin rastro de maquillaje, no tenía aspecto de ir provocando, pero ella no lo tenía tan claro. ¿Sería cosa del pecho?, ¿cosa del culo?, ¿o quizá era el abrigo que se ajustaba demasiado a la cintura? ¿Quién?, ¿dónde?, ¿cuándo?, ya no eran las preguntas importantes, lo importante eran los otros interrogantes que flotaban en el aire. No tuve oportunidad de contar que había sido el padre de Zhang Yunliu, el famoso maleante que hacía diez años en clase de violín había aprovechado un descanso para tocarme, aunque entonces pensase que había sido sin querer. Entonces, la inocencia de mis nueve años y medio me hicieron creer que los maleantes solo agredían a mujeres mayores, y que tocarme el culo a mí tenía que haber sido un descuido.

Quizá solo Zhang Yunliu y yo recordemos estas cosas, su padre habrá tocado tantos culos que seguramente se olvide en seguida de ellos. Recuerdo un día que había salido al baño en el descanso de clase de violín y por no ausentarme demasiado, volvía corriendo al aulario. El profesor ya había reanudado la clase y desde fuera se escuchaba a los alumnos tocar el primer movimiento en La mayor de Vivaldi. Zhang Yunliu estaba en la plaza donde se hacía el saludo a la bandera, junto al jardín de rosas, recriminando a su padre atragantada por su propio llanto. Entre la dulce melodía barroca se intercalaban detalles de lo que le gritaba: «¡Lárgate, joder!, a ti no te importa lo que piensen los demás, pero a mí sí! ¡Si sigues así se lo diré a mi madre, haré que se divorcie de ti!» Me vio pasar corriendo hacia el aulario y se detuvo por un momento, girándose para darme la espalda y secarse las lágrimas. Su padre no dijo nada, con la cabeza bien alta, se dio la vuelta, y se marchó hacia la puerta del campus. Cuando pasó junto a mí me dedicó una mirada llena de odio. Recordaré toda mi vida la expresión de su cara, porque siempre que me la he vuelto a encontrar en la cara de otro hombre un acto reflejo me ha hecho apartarme. Todos tenemos secretos, ¿no? ¿Cómo no iba a saber Zhang Yunliu el despojo que tenía por padre?, ¿cómo no iba a querer tenerle controlado? Zhang Yunliu volvió a pelearse con Zhang Baohe, quien después de aprobar el último curso de secundaria dejó los estudios. Solo le he vuelto a ver una vez, cuando yo estaba en tercero. Iba a cruzar desde la sucursal del Banco Agrícola de China, en el distrito D de Beiguan cuando le vi aparcar la bici en la puerta y apoyarse en la verja, tenía el cuerpo como un ocho, un auténtico reto para la ergonomía. Estaba fumando, me echó un vistazo y me dedicó un gesto chulesco, estaba claro que no me había reconocido como la chica con la que había ido a clase de violín. Con el humo escapándose entre los dientes y la boca entreabierta dijo: «Les arrancaría los pelos de la entrepierna uno a uno a esas zorritas, uno a uno a uno se los arrancaba…» y lo repitió una y otra vez. Aunque a mi lado no había ninguna otra mujer, la expresión perdida de sus ojos me hacía dudar si realmente me lo decía a mí. Yo llevaba el pelo corto a lo chico, y la anchura del uniforme ocultaba cualquier marca de género, estaba convencida de que no había ningún detalle lo suficientemente llamativo como para despertar el deseo en aquel cuerpo endeble. Al verle con ese aspecto tan desconcertante me pregunté si aún iría aleccionando a las chicas creyendo que lo hacía «en nombre del cielo».

Lisa Zi Xiang (Pekín, 1987) es directora de cine, guionista y productora. En su filmografía destaca Un perro ladrando a la luna (2019), que obtuvo el Premio Teddy 2019 a la mejor película LGBT en el Festival de Berlín.

Título original: 悬河泻水